Banner noticia

Raúl Bezanilla (OG 1977) y su familia protagonizaron un rescate de siete personas en el Lago Ranco

hace un mes

El 11 de enero de 2026, en medio de una tarde cambiante en el Lago Ranco, Raúl Bezanilla (OG 1977) salió en lancha junto a su familia tras notar algo extraño en el agua. Lo que parecía una situación menor terminó siendo un rescate urgente: siete personas, entre ellas una guagua y dos menores de edad, se encontraban a la deriva. Sin tiempo para planificar y con lo que tenían a mano, lograron sacarlos del lago y acompañarlos hasta recibir atención médica.

Para Raúl Bezanilla (OG XXXX), “cuando uno anda en lancha, si ve algo detenido, una moto, un kayak, uno siempre se acerca. Es una ayuda que existe entre los navegantes. Pensaron que sería algo menor como un objeto o quizás una moto sin batería, pero nunca imaginaron lo que venía. A medida que se acercaron, el escenario cambió por completo. Olas de dos metros, viento, visibilidad baja… y personas en el agua. Una guagua, niños y adultos agotados con hipotermia.

Ahí no hubo espacio para pensar demasiado, “había que actuar rápido, sin pensarlo. Si no, se morían”. No había planificación, ni salvavidas, ni equipamiento especial. “Era lo que teníamos puesto no más”.

Raúl pasó gran parte de su vida trabajando en contextos donde el liderazgo no es una teoría, sino una necesidad: maquinaria pesada, construcción, mundo forestal y minero. Pero esta vez no se trataba de fierros ni de producción. Se trataba de vidas humanas. “Acá habían personas preparadas que habían hecho rescates mil veces, y después no podían entender cómo lo logramos. Para mí fue un milagro. No tengo otra explicación”.

El rescate no fue tranquilo. En la lancha, algunos niños no hablaban del frío, los adultos vomitaban, una guagua tenía los labios morados. Apenas pudieron, Raúl pidió por radio que bajaran vehículos al muelle porque las personas rescatadas subirían a su casa. Y ahí apareció otra dimensión del rescate: la comunidad. El bebé fue puesto en una tina con agua tibia, los demás se sieron duchas calientes, tomaron té, comieron y se cambiaron la ropa. Llegaron los navales, luego el SAPU. Tres personas debieron ser trasladadas en ambulancia por líquido en los pulmones y el resto fue llevado después a evaluarse.

Él recuerda que “Íbamos cuatro, y se fueron sumando otros sin saber por qué. Mi yerno, mis nietos, el cuidador… todos jugaron un rol. Cuando sacamos a la guagua, mi nieta la arropa, la seca, le da cariño y calor. Eso fue clave”. Subir personas de más de 120 kilos a una lancha en esas condiciones, maniobrar con olas grandes, sostener la calma… todo fue posible porque nadie actuó solo. “Es una enseñanza: trabajando en equipo las cosas funcionan. Y eso uno lo trae desde chico, desde el colegio”.

Hoy cuando el impacto baja y queda el recuerdo, lo que permanece no es el heroísmo individual, sino algo mucho más profundo que es la certeza de que, cuando una comunidad actúa unida, pasan cosas extraordinarias.

Desde la OGA queremos reconocer a Raúl Bezanilla y a todos quienes fueron parte de este rescate. Historias como esta nos recuerdan que el espíritu Georgian no está en las palabras, sino en los actos: ayudar sin preguntar, confiar en el otro y ponerse al servicio cuando más se necesita.

Compartir